viernes, 20 de septiembre de 2013

Duarte: un hombre llamado fracaso



Duarte: un hombre llamado fracaso
Julio Morales

Los gobernantes que tienen sueños de grandeza suelen desentenderse del tiempo. No porque se crean eternos, sino porque no se hacen cargo de que el tiempo inexorable transcurre e indefectiblemente llegará un día en que tengan que entregar el poder, por la fuerza de los votos o el descontento organizado de los gobernantes. Pero de que se acaba se acaba. El gobierno duartista inició con tales ínfulas que confundió años con décadas y décadas con siglos. Advirtió que el poder era para poder y el tiempo su gran aliado, soslayando que seis años marca fronteras cronológicas y que a final de cuentas hombres y mujeres se encargan de acortarlo aún más en términos reales. César Duarte se encamina a su tercer informe de cacique. Desconozco si en esta ocasión lo hará sobre una palestra giratoria, montado en alguna grúa telescópica que lo baje entre nubes y rayos celestes con una lira en la mano. No lo sé, ni me interesaría el espectáculo. Lo que sí conozco es que con cargo al erario ya se compran encuestas a modo para propalar su alto grado de aceptación y una calificación excepcional como gobernante mexicano. Esas encuestas de percepción se consumen bien entre la clase política de la capital de la república bien apoltronada en algún lujoso restaurante de Polanco. Pero en realidad su seriedad está bajo sospecha. Para mí en estas circunstancias y por referirme a datos concretos, vale más el alud de malas y certeras opiniones que corre por las redes sociales y que no le dejan bien parado al político que ya gastó, quizá sin darse cuenta, la mitad de su tiempo, del tiempo precisamente del que podía disponer a plenitud, porque los que vienen cada vez estarán menos al alcance de su mano.



Estamos frente a un fracaso rotundo: si la calidad de un estado se mide por la solvencia de su sistema judicial, lo que significa desde la cúspide hasta la base la presidencia de Javier Ramírez Benítez en el Supremo Tribunal de Justicia, nos advierte de que esa solvencia está por los suelos. La dependencia, el rezago, la frivolidad, la servidumbre al Ejecutivo son hechos que hablan prácticamente de la ausencia de un Estado de Derecho. Los órganos electorales, administrativo y jurisdiccional, perdieron de manera absoluta su autonomía y se golpeó tanto y tan duro al régimen de partidos políticos que las elecciones de media gestión recibieron el rechazo de un 60 por ciento de abstencionistas y anulistas, convirtiendo al gobierno actual en un ente carente de legitimidad. Si el poder dimana del pueblo, lo que tenemos hoy dimana de una minoría a la que podemos desobedecer con las manos en la cintura. La legislatura que viene a partir de octubre es un aparato construido a partir de darle cabida a los juniors, a los yernos, a los incondicionales de siempre, a una izquierda claudicante y vendida que personifican el trío Zambrano-Aragón-Barraza. El PAN llega luego de haber claudicado al no defender en tribunales lo que ganó en las urnas y bajo el señuelo de que una reforma política vendrá. Si a esto se añade que la segunda legislatura de un sexenio suele ser de politiquería, de fraccionalismo, enconos y venganzas, dé usted por hecho que la soberanía chihuahuense no está representada en el Congreso. Los derechos humanos se siguen violando a ciencia y paciencia de la comisión encargada de tutelarlos.

En el ámbito de la administración pública es obvio que reina un desbarajuste descomunal. El secretario general de Gobierno, encargado de la política interior, practica una política de puertas cerradas que le impide operar con la sociedad y particularmente con los disidentes. Nadie lo toma en cuenta ya que su historia no lo recomienda. Hay pugnas severas en todo el aparato que tiene que ver con Salud, el mundo del trabajo sigue azotado por los caciquismos de los “charros” y la arbitrariedad de los empresarios, que se creen el paradigma de la humanidad, como lo propala el cárnico capitalista del sexenio. Pero nada comparado con la sección encargada de las obras públicas, en particular el Vivebús, que estaba llamado a ser la obra estelar de este periodo. Duarte ve en los agitadores y radicales los causantes de su divorcio con la sociedad, pero le bastaría ver un poquito más allá de sus bigotes para darse cuenta que su pirámide de Keops –hablo del Vivebús– es la que más irradia movimiento en su contra. No se necesita hacer nada, cualquiera que espera en una ruta alimentadora o en la troncal tiene materia política suficiente para denostarlo, cuando no para insultarlo de las formas muy folclóricas que acostumbra un pueblo atormentado. No se necesita hacer mucho para calificarlo, él creo la base para esa calificación.

Pero lo que más cuenta aquí, no obstante, es que los responsables de la obra (Javier Garfio y Enrique Serrano) no tan sólo no están rindiendo cuentas por sus negligencias, sino que fueron premiados con las presidencias de los principales municipios del estado. Garfio no estuvo a la altura de su formación como ingeniero y esto está a la vista y como funcionario público absolutamente reprobado; Serrano, a la hora de decidir el ingreso y el presupuesto lo único que hizo fue abrirle la bolsa al cacique para que hiciera y deshiciera en un procedimiento en el que la corrupción galopa y galopa fuerte. Y al decir galopa también quiero referirme que los puso en ruta para que eventualmente lo sucedan, garantizándose a sí mismo la siempre fallida pretensión de convertirse en el hombre fuerte de Chihuahua. La deuda pública es insostenible y el discurso de prestamista de Jaime Herrera no convence ni a un niño de primaria.

Duarte presumía de un gobierno de paz y tranquilidad. En la primera escaramuza, y sólo para garantizar su seguridad personal, lanzó los cuerpos antimotines contra inermes ciudadanos. Además les cerró las puertas y en un exceso los acusó de agitadores radicales, exhibiendo las estrecheces de su pensamiento pues esas credenciales ya valían muy poco en los tiempos del anticomunismo y la Guerra Fría.

Para Duarte empiezan los años de la decadencia. Cada día a partir del 1 de octubre, al desprender la cotidiana hoja del calendario, su poder se verá disminuido. Empieza una cuenta regresiva que pasará primero por el campo de la intriga para dirimir quién será el candidato del PRI a la gubernatura en 2016, luego la del interregno en la que ya el 90 por ciento del incienso se le quemará a otro personaje y luego el resultado electoral, que favorezca al partido que sea sellará el fin de un sueño que Duarte estimó eterno.

En la política priísta –sobra decirlo– no hay amigos, hay intereses. Reyes Baeza, al final de su mandato, no tuvo la habilidad para cerrarle el paso a Duarte por el cual sentía desafecto, pero está vivo y al parecer con excelentes relaciones de poder para influir en la sucesión en una línea que no converge con la de Duarte. Fernando Baeza está también en otra perspectiva y desde Costa Rica, si lo aprueba el Senado, como es previsible que suceda, percibirá que no está bien que su plaza Delicias esté en manos del PAN y de alguna manera lo haga pensar que eso no está bien para Chihuahua y que el responsable del fracaso sea quien hoy está despachando en el palacio de gobierno. De Patricio Martínez podríamos afirmar que está como Aristóteles, parafraseando su legendaria conseja: “Amigo es el PRI, amigo es Duarte, pero más amigos son mis intereses”. El Senado es buen cuartel de invierno, más para soportar sobre una mecedora las inclemencias del clima gélido. Tengo para mí que a Duarte ni Eugenio Baeza Fares lo salva, con todo y que su apuesta por Chihuahua más denota una ambición personalísima que una rectificación de un camino torcido que él contribuyó a empedrar.

En tres años nos hemos dado cuenta del gran fracaso, pero no tan solo, también de una decadencia que ojalá el 1 de octubre, al iniciar la cuenta regresiva, encuentre a la sociedad con grandes, generosas y solidarias convicciones cívicas para hacerse cargo de su futuro en bien de todos, con democracia y justicia.

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